Hace unas semanas Jaime Ramos nos contaba que el poco tirón del voleibol entre los aficionados españoles había sido el detonante de la expulsión de la selección de la liga mundial pese a que su nivel competitivo estaba más que contrastado.
Después de haber visto los partidos del Mundial de Fútbol Sala en Brasil (significativo el aspecto de la grada tras el combinado nacional), la duda me asalta: ¿qué pasaría si hiciéramos lo mismo con todos los deportes? Pues lamentablemente sólo estaríamos a primer nivel en fútbol, en baloncesto y quizá en balonmano.
Digo lo de Brasil porque, aún sin datos oficiales, las imágenes ofrecidas por televisión han sido más que evidentes. Especialmente en los primeros días de competición. El estreno de España ante Irán fue seguido en la pista carioca por poco más de un centenar de aficionados.
Salvo cuando jugaba Brasil, que obviamente se llenaba, los partidos han estado marcados por una curiosa aglomeración de camisetas. La grada ha sido perennemente bicolor. La reacción de los organizadores fue la de reclutar a jóvenes aficionados (o no tanto), vestirles bien de blanco, bien de amarillo y encargarles de animar a uno u otro equipo. Todo para evitar comentarios suspicaces acerca del interés real que despierta el futsal en Brasil.
Los horarios elegidos no han sido los más afortunados (12.30 y 14.30 hora local) por lo que otra duda me asalta. ¿No será que los organizadores no quieren desaprovechar el tirón de algunos combinados y la suculenta tajada de derechos de retransmisión?
Cuando los propios gestores de la competición son los que la condicionan con sus propios intereses para engrosar su cartera, es que algo no funciona. No se si realmente en el caso del voley ha sucedido lo mismo, aunque me temo que sí. El dinero, y más en tiempos de crisis, es el que manda. Incluso por encima de la calidad.
Foto | FIFA



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