Muchos atléticos aún se retuercen cuando vuelven a ver, probablemente en un descuido gracias a Google, aquella fotografía que asaltó todas las portadas deportivas del momento. Enrique Cerezo, sonriente, junto a Ramón Calderón, presidente del Real Madrid, y con la elástica blanca (serigrafía incluida).
Carros y carretas que diría el mítico José María García, tuvo que soportar el bueno de Cerezo. Le cayeron de todos los lados pese a sus reiterados intentos de reinterpretar una imagen que no dejaba lugar a las dudas. Pues ahora le ha salido un digno competidor en esto de enemistarse con su gente a cambio de acercarse al rival: Ramón Calderón.
Le ha faltado la camiseta, pero quizá eso sea lo de menos. Si el mayor pecado de Cerezo fue el de posar con la chamarra merengue, lo de Calderón va un paso más allá. “Mi segundo equipo es el Atléti”. Seguro que a más de uno no le ha sentado nada bien.
No está mal que los dirigentes traten de limar asperezas, que intenten acercar aficiones o que busquen rebajar el calor mediático. Pero quizá eso sea restar al fútbol una de sus dosis más atractivas: la rivalidad. ¿Qué sería del Real Madrid sin el Atlético o el Barça? ¿Qué sería del Atheltic sin la Real Sociedad? Rivalidad sana, por supuesto. Alejada de todo lo que se parezca a la violencia, pero rivalidad.
Si queremos reinterpretar, como en su día se hizo con Cerezo, siempre podemos pensar mal y creer que lo que busca el máximo dirigente blanco es centrar la atención mediática en su persona a cambio de que, quien más quien menos, se olvide de las dudas que entorno a su más que sospechosa gestión se han desvelado en los últimos tiempos.



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