
El túnel del viento es aquel lugar que oímos mencionar cada vez que concluye la temporada ciclista, una famosa localización en la que coinciden todos los inviernos los favoritos a las grandes vueltas. Alberto Contador ha aprovechado influencias para acercarse a San Diego y calibrar sus fallos contra el crono.
No nos engañemos, él es un escalador, pero el mejor que se defiende contra el crono. Sus resultados en la especialidad han sido prometedores desde siempre. Aún así, Contador quiere más. No desea sustos ni emociones innecesarias, como las vividas en las últimas cronos de sus victorias en Tour y Vuelta.
Sus rivales lo saben muy bien. ¿Qué hubiera pasado si la última contrarreloj de la Vuelta hubiera partido de Collado Villalba en lugar que desde la Granja? Las diferencias entre Leipheimer y Contador hubieran estado mucho más ajustadas si cabe, seguramente.
Ese riesgo añadido es la espina que ha de evitarse, sobre todo con vistas a una carrera como el Tour de Francia, en la que los Leipheimer, Evans, Vande Velde, o una tardía resurrección tejana tienen las de ganar en cronos que superan los 50 kilómetros.
Los primeros resultados tras la vuelta de Contador hablan de un ligero cambio de postura. Pequeñeces para el gran público que se traducen en valiosos segundos en el profesionalismo.
¡Qué desdicha esto del ciclismo! Escaladores que se pasan la vida mejorando en contrarreloj sin descuidar su especialidad, y contrarrelojistas que hacen lo propio en montaña. Gana el que afine mejor su cuerpo.



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