El segundo envite de la temporada para el Barça se convirtió en un ejemplo de superioridad. Superioridad, eso sí, puntual y controlada desde el banquillo. El conjunto culé sumó tres puntos ante un Getafe peleón y pertinaz, entregado al fútbol y que fue consciente de que tenía que resolver el partido mientras Guardiola mantuviera el equipo B. Una vez que las estrellas saltaron al césped, el Barça finiquitó el partido.
Una hora. Ese fue el tiempo que le concedió Guardiola a los madrileños. Pasado ese tiempo, y necesitado el Barcelona de más pegada, más juego, más fútbol, más calidad, llamó a Messi, Alves e Iniesta y el fútbol de salón reapareción en el Coliseum Alfonso Pérez.
Con la temporada más exigente de las últimas décadas para el Barcelona y con una de las plantillas más cortas de los últimos tiempos, Guardiola repartirá minutos entre estrellas y obreros. En Getafe le salió bien, pero los riesgos se presumen mayúsculos y las victorias de oficio no siempre llegarán. Desperdiciar una hora de fútbol ante un equipo menor para recurrir a los de siempre para solventar el choque se puede convertir en un suicidio permanente.
Y es que carente de la pegada del Madrid, para quien el fútbol es secundario y sólo cuentan los goles, el Barcelona necesita siempre algo de inspiración en los últimos metros que sus obreros no le otorgan. La primera media hora aburrida de los culés la avala con creces. El plan salió bien en Getafe: media hora con toda la carne en el asador es suficiente (y de qué manera), para tumbar a cualquiera. Pero el fútbol es fútbol y uno más uno no son dos.
Foto | El Mundo



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