
La película tuvo el final esperado. Ganó el bueno, el héroe, el protagonista; un Barça que recogió su corona de laureles tras un final justo, aunque la alegría tardó en llegar. Hasta en eso acierta el equipo de Guardiola esta temporada. Mantuvo en vilo a las 96.000 almas que se juntaron en los gélidos y húmedos asientos del Camp Nou hasta casi el final, cuando explotó el desenlace esperado en el momento menos esperado.
Los minutos restantes sirvieron a los azulgranas para coleccionar imágenes de la victoria, los abrazos, la sonrisa de Messi, el dolor y la agonía del Madrid manifestado en el muslo de Cannavaro al chocar contra el poste. Antes, marcó el pichichi Eto’o, la cantera tuvo sus minutos de gloria, y como en los buenos largometrajes que aspiran al Oscar, el protagonista sufrió, tuvo sus dudas, y estuvo a punto de desfallecer.
El Madrid, por su parte, se redescubrió de la mano de Juande Ramos. O fue él o fue el Camp Nou, que actúa de vitamínico para cualquier equipo, sea grande, mediano o pequeño. Sergio Ramos fue el elegido para taponar la creatividad de Messi, que fue linchado como en el patio de un colegio. Ahí enseñó los colmillos el Madrid, a modo de señal para marcar el territorio, aunque fuera una dentadura postiza fabricada a raíz de las circunstancias. Exprimió sus fuerzas Míchel Salgado, que como buen veterano sabe que en estos tiempos de crisis las oportunidades sólo pasan una vez, y a él le quedan pocos trenes por coger.
Sneijder forzó, tuvo que retirarse y Palanca se convirtió en sorpresa de la noche. Un guiño de Juande para que sepamos que él también sabe que las soluciones están a veces más cerca de lo que parecen. Y el espíritu de los blancos volvió a relucir en el de siempre, un Raúl que trabajó como el que más, aunque de nuevo no bastara con eso. El cúmulo de motivos que distancian hoy por hoy a uno y a otro equipo tuvo su máxima expresión con la ocasión de Drenthe. El holandés pecó de nervios, de calidad o de confianza y envió un balón que debió acabar dentro de la portería del Barça a las manos de Valdés. Todos se acordaron de Robben y de su tarjeta roja ante el Sevilla.
Con el paso de las escenas, comenzó a evaporarse la idea de la goleada más por méritos blancos que por desméritos azulgranas. Esa seriedad que había demostrado el Real Madrid la echó por tierra con el penalti cometido sobre Busquets, aunque de ahí surgió una nueva figura en el guión. El menos malo de los malos, un Iker Casillas que detuvo la pena máxima a Eto’o, un penalti neutralizado que no escoció tanto a los de casa, porque de Maravillas en el mundo hay siete, más Casillas.
La pregunta que todos se habían hecho a lo largo de la semana, “cuántos”, se tradujo con el paso de los minutos a un “cuándo”. Llegó, porque tenía que llegar y porque estaba escrito. Se bajó la persiana del Clásico. De Liga, sí, queda mucho. Pero el Madrid ya está a doce. En la alfombra roja comienza a aparecer tonos azules. Los del Barça, que comienza a pasear por esta campaña como el mejor director de todos los nominados al título.
Foto | El Mundo



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