
Escribía estas líneas con la esperanza de ser las últimas en las que haría referencia a un caso similar. Ayer se daba a conocer el segundo dopaje de la ronda gala, el de Moisés Dueñas del equipo Barloworld. El segundo del Tour, y el segundo en un ciclista español. De la misma nacionalidad que los últimos dos campeones de la ronda gala, Óscar Pereiro y Alberto Contador, lo que nos coloca sin evitarlo bajo sospecha constante para lo que queda de Tour, y me temo que algo más allá.
Pero otra mancha negra para el ciclismo se expandía hace tan sólo unos minutos, cuando se hacía eco la noticia de que el ciclista italiano Ricardo Riccò habría dado positivo por EPO. ¿Porqué esa manía de los mismos protagonistas, de cargarse de un mazazo su carrera e ir matando el deporte que en teoría aman?
Creo que nunca lo llegaré a entender. Ni comprenderé porqué lo hacen, ni comprenderé dónde se han dejado la cabeza a la hora de pensar que el dopping les va a beneficiar. ¿Compensa realmente un momento de gloria con destrozar por completo su carrera?. Hoy me encantaría ser una avestruz, para meter bajo tierra la cabeza y no tener la necesidad de seguir viendo el Tour.
Porque nuevamente, vuelvo a estar decepcionado con este deporte. Una disciplina que me encandila, que me mantiene en vilo durante las etapas, y que realmente emociona cuando este tipo de casos no le salpican. Un Tour que arrancó con bastante seguridad y control entorno al dopaje y que, justo en su ecuador, vuelve a estar entre sospechas.
Ya no sólo dejaremos de ver a un escalador que nos había enganchado en las últimas etapas, el segundo clasificado en el pasado Giro d’Italia. Lo peor es que, a partir de ahora, siempre veremos acompañar la sombra de la sospecha a cada vencedor de etapa, a las revelaciones e incluso al que se acabe proclamando campeón. Qué triste.
Foto | Flickr.com


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