El fútbol no siempre es importante. En ocasiones es algo secundario. Incluso en el estreno de un nuevo estadio y en el primer desplazamiento de la temporada. Tampoco es muy importante cuando los recursos individuales son tantos, tan perfectos, tan anárquicos como sincronizados como los que tiene el Real Madrid.
La segunda puesta en escena del Real Madrid de Pellegrini resultó, a grandes rasgos, como se esperaba. Media hora tardó en agotar sus fuerzas el Espanyol y, a partir de ese momento, el escaso fútbol colectivo del Madrid se convirtió en el mejor escaparate del fútbol individual.
La pegada del Madrid, esa a la que tantos recurren para justificar el conglomerado ajeno al fútbol creado por Florentino Pérez, volvió a ser suficiente para hundir a un Espanyol moralmente debilitado tras la pérdida de su capitán Jarque.
Si algo bueno tiene el Madrid es que la anarquía de su estilo de juego le concede mil y una ventaja ante cualquier rival. Con un criterio de juego justo y limitado, no válido para resolver en muchas ocasiones un partido recurriendo a los tradicionales axiomas futbolísticos, los de Pellegrini tiran de improvisación.
Y ahí, con la calidad de sus hombres, no encuentran freno. Da igual desde dónde o quién. El gol acaba llegando. El Madrid ha conseguido hacer de sus teóricos defectos una espectacular saga de virtudes. El fútbol, es secundario y la ausencia de brillo colectivo se subsana, y de qué manera, con el individual. Es la otra cara del fútbol.
Foto | El Mundo


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