
Nunca llegaré a entender a toda esa banda de ineptos descerebrados que pagan su entrada por acceder a un terreno de juego, se visten con los colores de su equipo, se autodefinen como el aférrimo aficionado y sólo tiene en la cabeza hacer el máximo daño posible. No, el fútbol no es esto. Y estos descerebrados que dicen amarlo, no tienen ni idea de lo que significa. Y por ellos, pagan justos por pecadores.
Porque pedimos más seguridad, yo el primero. Pero me pregunto qué imagen tendrán los estadios en los próximos años si por cada diez descerebrados tenga que haber uno o dos miembros de seguridad. Inglaterra intenta evitar jugar en el Santiago Bernabéu por la incongruencia de cuatro de esta especie, y el Vicente Calderón se quedará, en su retorno a la Champions, sin presenciar el retorno de Fernando Torres al Manzanares.
No saben el daño que hacen. Claro que se entiende que para estos descerebrados no haya otro entretenimiento que la violencia, al no conocer otra forma de comunicar y relacionarse que con la fuerza física, los insultos y el odio. Los campos de fútbol y otras instalaciones deportivas no deben ser su sitio, aunque (dicen), esto no se puede evitar. Tratan de oscurecer los encuentros, y lo consiguen.
¿Solución? Nadie la da, salvo prohibir la celebración de lo que debería ser una fiesta en el Vicente Calderón a dos aficiones que nada tienen que ver con el incidente de los franceses con el cuerpo de seguridad. En blanco y en botella. Siempre paga el que menos lo merece.
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