
Cuando me planteo escribir sobre Rafa Nadal últimamente me surge la misma duda. ¿Cómo plantear una opinión del joven tenista de Manacor sin repetirme? El número uno del tenis mundial se describe con su propio nombre, escrito y reescrito en los anales de la historia de este deporte. Ayer consiguió el primer Masters Series del año, el Indian Wells, ante un Andy Murray luchador, pero anulado por el viento y por el manacorí.
Contra la climatología y el escocés luchó Rafa Nadal para finalizar, por un 6-1 y 6-2, con el título entre sus dientes. Es el 13er Masters Series que incluye en su palmarés, colocándose a tan solo uno de los conseguidos por Roger Federer. A sus 22 años, las cifras que acumula el manacorí parecen más bien las de un veterano tenista que se encuentra en el final de su carrera. Pero a Rafa todavía le quedan muchas bolas que golpear, y muchos trofeos que mordisquear.
De la final ante Andy Murray me quiero quedar con dos gestos. El primero, la celebración de Rafa al conseguir romperle el servicio por segunda vez al escocés en el segundo set. Un gesto de rabia, de satisfacción y de garra, que demuestra el hambre de victorias que tiene el tenista español en cada torneo. Y el segundo, con esa sonrisa de oreja a oreja al recibir el trofeo del Indian Wells.
Cada competición la vive por separado, independientemente de los títulos que ya ha levantado. Y cada mordisco que le da al trofeo de campeón lo hace como si fuera el primero. ¿Se hace reiterativo que relacione las palabras humildad, gran campeón e insaciable cuando hablo de Rafa Nadal? Ya lo siento, pero es lo que simboliza el número 1 de la ATP.
Foto | Marca



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