Era de esperar. En Italia están enfadados, muy enfadados, por cómo se cerró su semifinal con España. El más sincero, aunque confundiendo sinceridad con mala educación, ha sido el seleccionador italiano Alessandro Nuccorini que tras despacharse a gusto con todos los involucrados en la decisión final ha decidido abandonar el fútbol sala.
Quizá su rajada, de haber seguido, le hubiera supuesto una sanción de la FIFA. Quizá, tras sus palabras, su continuidad en el fútbol sala no hubiera dependido de él ni de la Federación transalpina. Quizá le ha hecho un favor al fútbol sala.
El caso es que Nuccorini acusa a la FIFA de haber matado el fútbol sala, incide en que el máximo rector de la competición ha perdido toda su credibilidad y considera que tras la decisión final todos están avergonzados.
Va más allá. Puestos a rajar, también se acuerda de los árbitros a quienes acusa de falta de profesionalidad e incompetencia máxima. ¿Por qué? Pues básicamente por sus orígenes. Antonio Álvarez de Cuba, Elix Peralta de Panamá y Nurdin Bukuev de Kirguizistán. “Son árbitros de países que no sé ni si tienen fútbol sala y no están preparados para pitar la semifinal de un Mundial”.
Repasada la sarta de barbaridades, toca ver cómo ha conseguido Italia llegar a la élite del fútbol sala mundial. ¿Cuántos jugadores italianos han viajado hasta Brasil? Ninguno. Sólo los del cuerpo técnico.
Eso dice mucho de un equipo que, a base de talonario y de promesas no siempre ciertas, abandona su cantera, deja de lado a los más jóvenes, renuncia al producto nacional en busca de triunfo incapaz de alcanzar con su materia prima. Quizá le venga bien al fútbol sala italiano su renuncia para iniciar un cambio generacional.
Es paradójico que alguien acuse a la FIFA de matar el fútbol sala, de señalar que no les importa este deporte cuando él ha sido uno de los involucrados en matar la ilusión de cientos de futbolistas italianos. No todos los caminos son válidos para alcanzar las metas.
Foto | FIFA


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