
El cuarto y desafortunado positivo del ya terminado Tour de Francia tiene una particularidad especial. El cazado esta vez, Dmitri Fofonov, es kazajo.
Tras el escándalo Vinokourov del año pasado, la sombra del dopaje en Kazajstán se está abalanzando peligrosamente sobre los ciclistas de aquel país. Precisamente, y a pesar del intento de renovación y limpieza en Astana, ese ha sido el principal motivo por el que Contador no ha corrido el Tour. Vinokourov ha hecho mucho daño al ciclismo, porque no fue un caso aislado de dopaje, sino que arrastró a varios compatriotas y a un equipo entero hacia la perdición.
Uno de los países con más altas tasas de corrupción, y que el sátiro Borat se encargó de rematar. Astana, su capital, fue el proyecto-alternativa que le quedó a Vinokourov para correr el Tour después de la Operación Puerto. Curiosamente, el equipo en 2008 ha querido borrar las huellas de su nacimiento, mudándose a Luxemburgo.
Sin embargo, escándalos como el de Vladimir Gusev, recientemente expulsado del equipo por sospechas de dopaje, siguen revitalizando la maldición contra el equipo de Contador, Klöden y Leipheimer.
Mientras tanto, nosotros, los más occidentales, no nos cansamos de apuntarnos los unos a los otros en una constante caza de brujas. Este redactor, compartiendo opiniones con franceses y belgas, se sorprende al comprobar como muchos aficionados de las nacionalidades mencionadas apuntan a España como un paraíso del dopaje.
Se trata de una exageración. La lacra del dopaje no nos afecta tan solo a nosotros. El año pasado fue el turno de los alemanes, con las espeluznante declaraciones de los Zabel, Aldag o Rijs, y positivos como el de Sinkewitz. Y este año el mismo Fofonov pertenece a un equipo francés, el Credit Agricole.
No es una cuestión de nacionalidades. Es una enfermedad en la que todos estamos invitados, pero de la que, a pesar de los escépticos, en los últimos años hemos comenzado a recuperarnos tibiamente.



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