La Roja, a un peldaño del Paraíso

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ESP-RUSSemifinalEuro2008
Pongan a grabar en el disco duro de su memoria lo que en los próximos tres días va y puede ocurrir en el mundo del fútbol de nuestro país. Lo que es seguro que ocurrirá es lo que ya es un hecho. La euforia es unánime, la alegría desatada, la pasión desenfrenada. La Selección Española está en la gran final de la Eurocopa de Austria y Suiza de 2008, y eso ya no hay nadie que nos lo quite.

Y sin pelos en la lengua, con un par de genitales masculinos bien puestos. Que desde 1964, precisamente año en que España fue maestro de ceremonias y campeona europea, no se daba un resultado tan contundente como el de anoche en una semifinal: 3-0 la URSS contra Dinamarca en el Camp Nou.

Alemania es nuestro último obstáculo para acabar de conquistar la gloria, un sabor tan dulce que ya empezamos a sentir en nuestro paladar, intentándolo paliar con tranquilidad, serenidad y paciencia, que las prisas nunca fueron buenas consejeras. Pero tampoco es cuestión de reprimirse, puesto que ya es motivo de celebración el hito que esta generación de futbolistas nos ha brindado.

Y lo bueno se hace esperar, como es lógico. Idéntico a cuando los entendidos anuncian la alineación de las constelaciones, momento en el que hay que ponerse el mono de trabajo para concebir una criatura sana y esbelta. Tal es así que nuestra particular criatura estará en el palco del Ernst Happel Stadion de Viena, a la espera del gesto tierno de un capitán que la levante resplandeciente, en señal de victoria.

Esto es lo que puede y deseamos que ocurra el próximo domingo ante una Alemania que sembró serias dudas ante los combatientes turcos en las semifinales. No estará David Villa, pero sí Casillas, por lo que el trofeo pichichi de la Eurocopa ya comienza a celebrarse con sidra.

Y que el fútbol le dé la bendición a Marcos Senna, el mejor de todo el torneo. Y que las tres estrellas que lleva bordadas Alemania sobre su escudo no sirvan de contrapeso. Porque por juego, por ilusión, por equipo, por carisma y por afición, que el día D y la hora H se tiñan de rojo y amarillo, mientras el fútbol nos concede, al fin, justicia.

Foto | Marca

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