Hay veces que las cosas no salen como quieres, ni como esperas. Podría haber sido una noche mágica en la capital andaluza, pero acabó por convertirse en drama. O al menos media Sevilla se sentía así. Y medio país también, el que estuvo enfrente del televisor hasta las once y media de la noche mordiéndose hasta las uñas de los pies. Porque en este tipo de competiciones, anoche, o eres bético o ibas con el Sevilla.
Porque el Sevilla sigue siendo, a pesar de haber conseguido cinco títulos en dos años, uno de esos que encandila al verdadero aficionado del fútbol, seas del Barça o del Madrid. De esos equipos que alomejor no sigues con regularidad, pero te sientas inquieto a ver un partido como el de ayer. Desde el sofá de tu casa o desde el bar, animas como si fueras un sevillista más, como si la fuerza del Sánchez Pizjuán te atrajera.
Y ayer, muchos sentimos su eliminación de la Copa de Europa. Me incluyo. El partido lo sufrí como uno más, empujé a Capel en sus galopadas por la banda, cabeceé con Kanouté y me tiré hacia el mismo lado que Palop en los penalties. Pero no pudo ser, y me sentí impotente y decepcionado, como aquellos 40.000 sevillistas a los que se les desencajó el rostro ante las paradas de Demirel.
El Barça sí logró su objetivo. Traía los deberes hechos de Glasgow, y el golito de Xavi en el inicio fue suficiente para matar el partido. La nota negativa la puso Messi, con una nueva lesión muscular, por lo que estará mes y medio de baja. Mala suerte para el conjunto azulgrana, que no contará para los cuartos de final con una de las piezas más desequilibrantes. Y en breve, entra en escena el Real Madrid. Toca remontada, de esas noches gloriosas en el Bernabéu. No sé si mi corazón está preparado para otra noche como la de ayer.
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