
Si tuviera 34 años y se hubiera pasado su vida profesional peleándola, la alegría común se hubiera multiplicado a favor de Alejandro Valverde con su Vuelta a España. Sin embargo, y dadas las aspiraciones sempiternas de Tour de Francia del murciano, auspiciadas por la costumbre nacional, su primera grande se quedaba justa, pero corta.
Alejandro Valverde conseguía una Vuelta a España con una alianza que nunca había funcionado, la suya con Fortuna. Y con unas capacidades que jamás había demostrado: temple y regularidad.
La suerte le sonrío con las desgracias que sus rivales tuvieron que padecer: caídas de Samuel Sánchez y Ezequiel Mosquera, la juventud e inexperiencia de Robert Gesink, y sobre todo el pinchazo culminante del rey de los gafes, Cadel Evans.
Ahora bien, no significó que Valverde obtuviera su Vuelta en bandeja de plata. Los mejores y únicos momentos de esa Vuelta de la aburrida regularidad de Valverde los encontramos en Xorret de Catí y en La Pandera. En el alto jienense el murciano y sus remontadas típicas allí se hicieron valedores morales de la carrera. El resto fue lluvia y no arriesgar.
Atrás quedaban sus conflictos con el CONI, el incomprensible apoyo del Gobierno español ocultando su culpalibidad ya histórica (comprensible para Gallardón y Lissavetzky), y el Tour de Francia que no pudo correr. Ahora sigue viendo solo ese Tour de Francia del año próximo, como siempre.
Foto | Photo Bucket


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