
El Tour de Francia 2009 no será recordado por sus dos primeras semanas espectaculares (ironía, por si no se acuerdan del aburrimiento), sino por el culebrón shakesperiano que Alberto Contador protagonizó con el anterior rey del ciclismo, Lance Armstrong, y su traidor padre, Johan Bruyneel.
Las sobremesas se aderezaron, primero con un festival de suspicacias, y después con declaraciones y acusaciones, que dejaban en medio a la explosión del verdadero rival de Contador en el último Tour, Andy Schleck. Una gran victoria para el ciclismo, Lance Armstrong regresaba con un podio en la carrera más dura del mundo. El segundo Tour del madrileño se consolidaba dentro de la desapercibida lógica, lucha de celos, no por el Tour de Francia, sino por la historia.
Alberto Contador es el corredor más joven de la historia en ganar la carrera. Atendiendo a la personalidad del tejano, es más que lógico descubrir sus miedos, de dónde viene toda la tensión, y parte de la causa de su regreso a la alta competición.
No podemos negar que el último Tour comenzara con una satanización de Armstrong por parte de los medios españoles. Sin embargo, Armstrong se encargó de fomentarla. Un Tour de Francia, como el que llega, que favoreció que se vistiera de amarillo tras la crono por equipos.
El milagro Fabian Cancellara impidió el eclipse total a Contador, y comenzó el más arduo de los aburrimientos. Llano y más llano, y después, etapa de montaña insulsas, que permitían tomar la forma adecuada para un viejo que se hace fuerte con los kilómetros, aumentando progresivamente la dureza.
Las promesas llegaron para detener el teatro en que se había convertido la carrera. Contador y Schleck se encargaron de demostrar lo que es el Tour de Francia, para después devolvernos otra vez al teatro.
Y así, Contador conseguía su cuarta grande consecutiva, y alimentaba su propia semilla, esa que todavía no es noticia.



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