
Me paro a pensar en lo largo que es un año y sigo viendo increíble como todavía muchos futbolistas siguen quejándose del sobreesfuerzo, del cansancio, de la falta de motivación. Y seguro que lo padecerán, porque también deben trabajar mucho, pero desvío la mirada del deporte balompédico y me sigo fijando en este chaval de 22 años que no para un día quieto.
Es joven, dirán algunos, pero el ritmo que lleva Rafa Nadal, los partidos que lleva a sus espaldas, unida a esa presión que ejerce una carga todavía mayor es muy difícil de soportar. No conozco la vida personal de Rafa, lo que hace y deja de hacer después de los entrenamientos y partidos. Aunque imagino que ni siquiera le puede quedar un espacio de tiempo para venirse abajo, para desplomarse del cansancio, para preguntarse cuándo llegará el final. Él sigue ahí, sin fallar.
Me hace gracia leer o escuchar que si Rafa pierde entra en crisis, que si es un fracaso, que si está en un bache… No es un superhéroe, y como todo ser humano tiene sus días malos, sus días no tan malos, sus días buenos y sus días extraordinarios. Rafa Nadal ha ganado en el Masters Series de París. Es algo que no nos suena a chino, y que prácticamente no es ni noticia.
Ésta llega cuando pierde un partido, porque nos hemos acostumbrado a verle ganar siempre. Y pensamos que siempre podrá hacerlo con esa facilidad, como en la capital francesa lo ha hecho batiendo a Florent Serra por 6-2 y 6-4 en poco más de una hora. Está claro que hay momentos en los que la vida te sonríe, te da toda la energía y te sientes con fuerzas de poder con todo. Lo que es envidiable es que, a pesar de todo el cansancio acumulado, siga transmitiendo aquella imagen de persona cercana, natural, tranquila y amigable, como en la primera vez que le vimos. Él adora el tenis, y el tenis le adora a él.
Foto | Corbis


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