
Llevábamos mucho tiempo anhelando este alivio, y por fin Alberto Contador nos lo ha dado. Más que una etapa para nuestro ciclismo, más que vestirse de nuevo con el maillot amarillo para volver a ser el verdadero líder de este Tour de Francia 2009, ha puesto fin al culebrón Astana y al reinado de aburrimiento en pos del marketing viral marca Lance Armstrong con el que el Tour y el tejano nos habían asediado hasta el hastío.
Hemos visto por fin la primera etapa verdaderamente profesional de este Tour de Francia.
Los gestos de rabia del madrileño en el podio de Verbier no son más que el mejor reflejo de una situación que muchos entendían como normal, como si el ciclismo fuera ajedrez, y Astana contase con tres reyes. Y digo tres, porque Levi Leipheimer no ha tenido la oportunidad de colaborar a que las suspicacias sobre liderazgos continuasen.
Contador no ha esperado a nadie, ha sacado más de lo que hubiera soñado obtener en segundos, y ha revitalizado esta carrera. Era lo que debía hacer, pues si perdía esta oportunidad de final en alto, quizá hubiera tenido que lamentarse en los días que estaban por llegar.
Ahora queda espacio para aquellos amantes de la epicidad, aquellos periodistas en los grandes medios de comunicación, encargados de traer a nuestra memoria este día en las generaciones venideras. Ahora a Lance se le devolverá el mérito de la victoria de marchar segundo en la clasificación general, que eso ya es un triunfo.
Yo solo quiero seguir viendo ciclismo.
Foto | Joel Saget para AFP



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