
Lo que más llama la atención de la edición que está a punto de comenzar del Tour de Francia es la ausencia de kilómetros contra el crono: apenas 61 en toda la carrera. Una decisión algo desconcertante propia de de Giro o Vuelta, pero muy extraña en Francia.
El Tour queda así a expensas de la montaña, y sobre todo, de los Pirineos, que con cuatro etapas, dos de ellas con finales en alto en Ax 3 Domaines y el Tourmalet, decidirán al ganador en la última semana.
Y es que en esta edición se suben casi todos los míticos de la cordillera que separa Francia de España. El muro Pailhères, un más inédito Port de Balès, el Peyresourde, Aspin, Aubisque y Soulor, Marie-Blanque, y como guinda, otra vez el Tourmalet a 2115 metros de altura. Todo en cuatro jornadas que prometen y mucho.
El resto es preparatorio para el examen final: superar el pavé de Roubaix y las etapas de media montaña sin dejarse demasiado tiempo, y una primera toma de contacto con la montaña por aquello de romper la monotonía de siete etapas seguidas de llano. Los escasos Alpes visitarán Morzine y la Madeleine, este último a 30 de meta.
Como mencioné, la poca crono de este Tour llega al final, con los especialistas más endebles reventados a merced de aquellos motores diesel que hayan querido sobrevivir mejor a los Pirineos, que serán, sin ninguna duda, aquellos que encumbren o hundan a los que este año se atreven con la carrera más dura del mundo.




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