Dragan Stojkovic, un serbio en el país de los samuráis

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Japón, multitudes desesperadas galopando hacia el trabajo, templos budistas entre selvas de neón, electrónica, sushi y…¿ fútbol?. Durante mis recientes vacaciones he tenido la oportunidad de conocer el país del sol naciente. Entre las curiosidades que me asaltaban al llegar, estaba el averiguar si aún avivaba la llama prendida durante el Mundial del 2002, o si por el contrario sólo quedaban las cenizas. Primer vistazo en el giganteso Tokio. Camisetas de los principales jugadores de béisbol de los Hiroshima Tokio Corp y retransmisiones de los combates de sumo en Kokugikan. (Por cierto espectáculo impresionante contemplado en directo), pero ni rastro de fútbol.

Por fin la segunda noche cuando aún luchaba contra los efectos del jet lag pude encontrar un partido en la televisión japonesa. Se enfrentaban el Kawasaki Frontale y el Nagoya Grampus, con la posibilidad de obtener el liderato para el segundo si vencía. La liga japonesa ha perdido parte de su carácter de cementerio de vetustas estrellas mundiales. Han cambiado los tiempos en que desde Zico hasta Julio Salinas se decidían a probar una exótica aventura para poner fin a sus carreras. Inútilmente busqué alguna cara conocida ente los jugadores. La mayoría japoneses o brasileños de segundo orden como Vitor Junior. La impresión vendría después cuando enfocaron al banquillo del Nagoya. Ahí imperturbable se encontraba el hombre que protagonizó la mayor pesadilla futbolística de mi infancia, Dragan Stojkovic.

El ejecutor de España en el Mundial del 90 con aquella famosa falta en la que Michel retiró la cara. Centrocampista de gran clase y experto lanzador de golpes francos, Stojkovic formó parte del germen de la gran Estrella Roja de los noventa, sin embargo justo la temporada antes de que los de Belgrado se hiciesen con la Copa de Europa abandonó el equipo precisamente en dirección al perdedor de aquella final, el Olympique de Marsella. Mucha gente conoce esta parte de la historia del serbio, sin embargo pocos lo relacionan con su aventura oriental. Con apenas veintinueve años y aún mucho fútbol en las botas se marchaba a un Nagoya que contaba con Gary Lineker y dirigido por Arsene Wenger . Tras siete años colgaría las botas convertido en un totem de la liga nipona.

Años después Stojkovic ha vuelto a Nagoya para hacerse cargo del banquillo del equipo, y su mito sigue intacto. El encuentro terminó con empate a uno y el Nagoya Grampus finalmente hubo de conformarse con la segunda posición a la caza del líder el Urawa Reds. Una semana más tarde tuve ocasión de pasar por Nagoya camino de Kyoto, movido por la curiosidad me acerqué a los alrededores del Nagoya Grampus Eigh, uno de los más grandes de Japón.

Ahí la figura del serbio es omnipresente, carteles en todos los restaurantes de su época como jugador. Una puerta del estadio dedicada a su memoria la Pixy Gate, (Stojkovic era apodado Piksi , algo así como águila en yugoslavo), una estatua en las inmediaciones del estadio, y hasta da nombre a una calle del centro de Nagoya. Pero por encima de todo la fe ciega reflejada en los ojos de los japoneses a los que pregunté sobre las posibilidades del Nagoya de la mano de Stojkovic en esta edición de la J-League. “ We´ll win, Pixy is the best” fue la respuesta unánime y segura sobre el poder de su ídolo.

Desde Notas de Fútbol prestaremos más atención este año a la liga japonesa. Y yo particularmente seguiré las evoluciones de Dragan Stojkovic y su Nagoya. El verdugo de España en aquel aciago verano del noventa. Un emperador serbio en el país de los samuráis.

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