
No está siendo, ni de largo, el año esperado en La Coruña. Por el banquillo de Riazor han pasado ya tres entrenadores y hasta anoche, sumaban únicamente tres victorias en su casillero. Tras la confianza evaporada en José Luis Oltra y la espantada de Domingos Paciencia, su sustituto, la permanencia la dejó Lendoiro en manos de Fernando Vázquez. El reto, harto complicado, vivió ayer su capítulo más trascendente, el primero de una serie de envites cuyo fin es alejar del infierno de Segunda la escuadra coruñesa. De no haber logrado la machada ante el eterno rival, es probable que hoy la ciudad se hubiese despertado apagada, sin luz. Sin esperanza. Pero tras la exhibición mostrada ante el Celta (3-1), son muchos los que se aferran a los dos próximos partidos para comprobar si la mano de Vázquez y su comunión con la grada surte efecto o por el contrario, el destino le tiene guardado al Deportivo otra dosis de sufrimiento del malo.




A pocas horas del Barcelona-Milan de este martes, el barcelonismo se ha concienciado que la remontada es posible. Se niega a aceptar que el del Camp Nou será el último partido de Champions esta temporada y que el camino a Wembley, por muy empedrado que a día de hoy se encuentre, es una senda transitable. A esta generación le falta una remontada, decía Xavi. Y lo dijo antes de caer ante el eterno rival en casa, en un encuentro con todo a favor (el 1-1 de la ida) y donde el Real Madrid desmontó las credenciales del equipo que mejor fútbol practica en el continente. Efectivamente, también le faltaba a este conjunto darse de bruces con la realidad. Existen otros métodos, también válidos, de conseguir la gloria. Tras la tormenta ha de llegar la calma. Y esta pasa por eliminar al Milan y alcanzar los cuartos de final, donde el reto promete ser doblemente mayúsculo.



