La grandeza

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Sevilla campeón

La final de ayer termina de confirmar al Sevilla actual en el olimpo de los grandes. La euforia desatada por el macro desplazamiento a la capital de España que duda cabe que jugó a favor. Tiene que suponer mucho para once futbolistas ver como 50.000 de los tuyos se arrancan por el himno del Centenario a base de palmas en el Santiago Bernabéu, en el templo del fútbol español digan lo que digan. Pero sin embargo, lo verdaderamente decisivo fue el talante ganador de este equipo que jugó su cuarta final en trece meses y sumó su cuarta victoria. Ésa fue la clave.

Desde Chamartín dio la impresión en todo momento que jugaba un hombre con experiencia en la vida contra un niño inocente. Dio esa sensación cuando Güiza veía como Palop le ganaba la partida en el momento clave. Dio esa sensación cuando prácticamente después Kanouté se marchaba solo desde la medular incordiado por dos defensas y batía con facilidad a Luis García. Fueron dos jugadas que a la postre decidieron el encuentro. Dos jugadas que dejaron claras las diferencias que establece en las finales lo que se denomina grandeza.

Se hablaba de la ilusión del Getafe. Sí, es cierto, posiblemente los azulones podían salir mucho más enchufados al choque, con más ganas por ser su primer final. Pero también se especuló desde el Sur que a los madrileños le temblarían las piernas cuando saltaran al césped. En cierta medida fue así. No supieron adelantarse cuando pudieron. No supieron parar a Kanouté en el momento clave. Y sobre todo, no supieron en ningún momento hincarle el diente a un Sevilla que en todo momento se mostró sobrio en defensa, sin fisuras, sin dar opciones, sabiendo lo que se hacía.

El Sevilla volvió a demostrar que en esto de las finales es un especialista. Y sobre todo, demostró que es un equipo con oficio, de eminente talante triunfador. Es un equipo maduro, es un conjunto consolidado en la elite y quizás en la noche de ayer eso lo pudimos ver claramente. Vimos, repito, la diferencia entre un equipo grande y otro que no lo es, con todos los respetos para los madrileños.

No sabemos lo que pasará este verano. Puede que desmantelen al equipo. Puede que se traigan a mejores jugadores de los que hay. Sí, puede pasar cualquier cosa. En cambio, lo que sí tengo claro es que estamos ante el mejor Sevilla de la historia, un Sevilla el que ha hecho Juande Ramos que juega como una máquina, de memoria. Un Sevilla en el que cada uno tiene clara su función. Cuando sube Daniel ahí está el central para hacerle la cobertura. Cuando Renato se va arriba, ahí está Puerta para ocupar el centro. Y Poulsen, Poulsen siempre está. Etcétera, etcétera, etcétera.

Estamos ante un Sevilla histórico, que le ha dado la espalda a su tradicional pesimismo en las últimas cinco décadas. La mediocridad ha pasado a la historia. La afición nervionense se ha vuelto exquisita, sibarita. La afición se ha acostumbrado a ganar. Y de hecho, lograr una Copa tras casi sesenta años sin conseguirla, tampoco provocó una fiesta desmedida en los más de 60.000 aficionados que se desplazaron a la capital. Después de la fiesta del estadio, la mayoría se fueron a casa. Una copita y a dormir. Preferían descansar. Y seguir soñando.

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