Por fin oficializó el Atlético el despido de Abel Resino. Era una realidad anunciada que se prolongó en demasía, y que provocó en el día de ayer una cola de rumores en torno a su posible sustituto. Fue Michael Laudrup quien ocupó el protagonismo en los diarios deportivos, que colocaban al danés como el relevo elegido por Enrique Cerezo; pero Laudrup desestimó la oferta atlética y la situación volvió a cobrar matices rumorosos. Abel estaba fuera, pero no de forma oficial, e incluso alcanzaba la imaginación para verlo sentado en el banquillo frente al Mallorca. Todo fue un juego de incertezas, y finalmente, entre varios nombres, se consolidó el de Quique Sánchez Flores como nuevo técnico rojiblanco, algo no confirmado aún por el club.
Abel ya se ha despedido, pero Quique aún no ha firmado. Ahí aparece Santi Denia, segundo de Abel, quien se hará cargo del equipo mañana. Para él es un sueño; para los atléticos, una situación surrealista. No atraviesa un buen momento la entidad madrileña, y cualesquiera de sus movimientos acaban por convertirse en auténticos juegos malabares, alcanzando el consiguiente ridículo institucional. Considerando que el guion deportivo no encuentra un caudal estable, la desesperación transmitida no hace sino empeorar la imagen de un club en decadencia. Y el equipo se la juega en medio de tanto escándalo.


“Tenemos un entrenador con experiencia, inteligente, metódico hasta la obsesión y con capacidad para manejar las turbulencias que puedan surgir…”, sostiene Jorge Valdano para respaldar a Manuel Pellegrini tras la derrota del Real Madrid ante el Sevilla. Hay también argumentos que abandonan lo terrenal para viajar a lo sobrehumano; no puede ser menos tratándose del dios Maradona: “Hay que dejar todo como está; sólo aceptaríamos que vengan Jesús y la Virgen María”; así defiende Carlos Bilardo al ‘Pelusa’.



Hace dos días que decíamos que Abel Resino tenía los 

