
Estamos a finales de febrero y la Liga empieza a dejar algunas cosas bastante claras. Por arriba, el colchón que mantiene el Real Madrid con el Barcelona le permite soñar bonito, a sabiendas de que el campeonato no se le puede escapar. Si la distancia de diez puntos entre los dos gigantes de nuestro fútbol parece insalvable, los once que separan al Real Zaragoza de la salvación, viendo la situación crítica de los maños, apunta a un descenso solo eludible por un milagro.
En La Romareda se ha instalado la desesperanza. Pocos son los que creen que la salvación es posible. Demasiados ‘match balls’, demasiadas finales para un conjunto acostumbrado a perderlas. Ni la llegada de Manolo Jiménez ha reflotado un barco a la deriva desde principio de temporada, que terminó de ahogar una espantada inverosímil y fugaz del presidente, Agapito Iglesias, para terminar de enfurecer una afición a la que no le queda más remedio que pensar en la próxima temporada.

Prácticamente con la mesa puesta y la bolsa de cotillón medio abierta, a Javier Aguirre le avisaron a última hora del jueves que las uvas no se las comería como entrenador del Real Zaragoza. Esta decisión, que podría haberse tomado perfectamente justo después de la enésima derrota del conjunto maño esta temporada, finalmente la llevaron a cabo en las postrimerías de un año movidito en La Romareda, donde cada vez se está volviendo más habitual estos cambios de rumbo, que van de ningún lugar a ninguna parte.
En los últimos años venimos asistiendo a cómo ha comenzado a explotar la burbuja económica de nuestro fútbol. Cada vez son más equipos los que tienen dificultades no ya para cuadrar sus cuentas, sino incluso para afrontar los pagos básicos y las deudas contraídas. A esta situación no ayuda nada, sino todo lo contrario, el injusto reparto de los ingresos televisivos que
Aunque el baile de fichajes acaba de comenzar, en la noche de ayer tuvo lugar uno que a buen seguro estará entre los más sorprendentes del verano: 

