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Hacía tiempo que el Atlético de Madrid no deleitaba a sus aficionados con un partido como el de ayer. Un fútbol impresionante, con corazón, casta, y un juego rápido y vistoso. Sin embargo, tanto buen juego, tantas claras ocasiones, tanto trabajo, acabaron lléndose al garete a mediados de la segunda parte cuando Higuaín equilibró el marcador. Un mazazo para los de Javier Aguirre, que seguramente estarán pensando que si no lograron ganar ayer al Madrid, nunca lo harán.
Porque el Real Madrid de ayer fue una auténtica calamidad. No sé si el peor partido de los blancos en los últimos cuatro años, como afirma Martí Perarnau en su blog, pero desde luego estuvo entre los más grises. Encerrados, absolutamente desbordados por el torbellino rojiblanco, usando pelotazos para sacudirse la presión por unos segundos, y sin ninguna presencia en ataque.
Aguirre inculcó en sus jugadores durante la semana la manera de afrontar el encuentro, y es algo que se pudo palpar desde el primer minuto. Parecido al ‘Séptimo de Caballería’, el Atlético salió al galope, presionando como posesos bien arriba y desde el inicio, con continua movilidad y velocidad en el balón, usando todos los frentes del ataque, y desbordando la defensa merengue una y otra vez. Las ocasiones se sucedían y no tardó en llegar el gol colchonero. El autor fue su capitán, Fernando Torres, que sólo hay que fijarse con qué pasión celebró el tanto para darse cuenta de la presión que se ha quitado de encima. Por fin ya no tendrá que aguantar durante toda la semana antes del derbi madrileño, el absurdo tema de que nunca había marcado al Madrid. Lejos de conformarse, el Atlético se fue a por el segundo con un Fernando Torres pletórico, liderando el ataque, participando continuamente en el juego.
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