Cuando en el fútbol se habla de una victoria pírrica suele ser para explicar un triunfo por la mínima, sobre todo un 1-0. Pero el origen de dicha locución (y primera acepción en el DRAE) está en la victoria de Pirro, rey de Épiro, sobre Roma, y hace referencia a aquellos éxitos en los que el vencedor sufre más daño que el vencido. Eso es lo que le ha ocurrido esta mañana al FC Barcelona: ha vencido al Al-Sadd y se ha clasificado para la final del Mundial de Clubes pero por el camino se ha dejado a David Villa.
El Guaje volvía a la titularidad tras unas semanas de mucho runrún alrededor de sus suplencias, acrecentado por su ausencia en el once que ganó 1-3 en el Bernabéu y exagerado hasta el ridículo por esa desierto de la credibilidad que es el Diario Marca. Villa formó en la punta de ataque y no paró de buscar el gol en medio de la maraña defensiva qatarí. Estuvo un par de veces rondando el gol y en una jugada tonta, una carrera como tantas otras, pugnando por una posibilidad de tiro con dos zagueros rivales, el Siete del Barça y la Selección se rompió.




