
Tras el ascenso del Girona a la categoría de plata, Raúl Agné pensó en él para ofrecerle la batuta de un equipo que necesitaba todavía más talento en el centro del campo. Conocía muy bien a Alberto Manga, sobre todo a raíz de los encuentros que el conjunto de Montilivi había disputado con el Gavà, entonces equipo del centrocampista. Y es que Manga posee unas cualidades innatas para organizar el juego del equipo. El balón no le quema, lo mima. Con suavidad, toque y elegancia lo pasea por la medular buscando el momento y el lugar exacto para inyectarle una dosis de veneno letal que lleve peligro al marco rival.
He tenido la oportunidad de ver varios partidos de este centrocampista nacido en Granollers hace ya 28 años. Sólo una lesión y el cansancio acumulado en las piernas por la exigencia de una temporada le pueden evitar controlar el juego como lo hace él. Manga tiene una visión de juego extraordinaria, además de ser especialista en anotar tantos de falta al borde de la frontal. Un gol suyo, de penalti, significó la importante victoria del Girona ante el Zaragoza en esta pasada jornada.



