
Como ya es de sobra conocido por todos, ayer el Sevilla fue eliminado de la Liga de Campeones a manos del Fenerbahce. Supongo que será una sensación nueva para los sevillistas, que en los últimos años se habían acostumbrado al éxito. Llegar a las finales estaba a la orden del día, e incluso ganarlas, pero éste año han ganado mucho en experiencia. Porque ayer el Sevilla aprendió, sin menospreciar la UEFA, que la Champions es otra historia y que aquí se junta lo mejor de lo mejor. Cualquier equipo te puede amargar el día.
En la Champions nadie regala nada, aunque ayer parecía Navidad. Primero porque el portero turco, Demirel, regaló dos goles, y segundo porque los de Manolo Jiménez en lugar de dormir el partido, le dieron el balón a los turcos para que se volvieran a meter en el encuentro. Y es que lo de ayer del Sevilla fue, como se dice vulgarmente, una arrancada de caballo y una frenada de burro. Salieron a morder al rival como se esperaba, y se las prometían muy felices cuando al minuto nueve ya ganaban por 2-0. Pero ahí fue donde se marcó el punto de inflexión. El Sevilla de otros años, habría dominado el encuentro hasta el final e incluso aumentaría la renta. Sin embargo, el Sevilla de hoy en día le da el balón al contrario y da un paso atrás.
Sintiéndolo mucho por él, creo que ayer Manolo Jiménez firmó su finiquito. Si ya sospechaba que no seguiría a final de temporada, ahora estoy prácticamente convencido. Porque aunque los jugadores tienen su parte de culpa, desde mi punto de vista Jiménez es el máximo responsable de la eliminación sevillista (sin quitarle ningún mérito a un Fenerbahce brillante). Porque es él el que no puede permitir que su equipo regale el balón al contrario, dejando que un equipo que estaba grogui se vuelva a meter en el partido. Porque tiene que aprender a leer los partidos y a realizar los cambios precisos. Por poner un ejemplo, el cambio Poulsen-Maresca debería haberse hecho muchísimo antes.





