A las 19:33, el semblante de Luis Milla aparecía en televisión desencajado. En su banquillo, el entrenador turolense se ponía de pie y se sentaba, continuamente. A las 19:37 se quitó la sudadera, aunque no tardó ni veinte segundos en volver a ponérsela, dominado por sus nervios. No era para menos: a un minuto para el final, España perdía contra Bielorrusia y decía adiós a la final del Europeo sub-21. Suerte que apareció Adrián López. A las ocho menos cuarto de la tarde, Milla, como muchos españoles desde sus casas, estaba celebrando un gol que parecía imposible que llegara; con más responsabilidad que el resto, obvio, y con esa elegancia natural que parece intrínseca en los místeres de su quinta, la nueva generación de entrenadores españoles.
Hasta ese momento, o, lo que es lo mismo, durante todo el partido, España había jugado a parecerse a España. Pocos, exceptuando a Javi Martínez —un centrocampista excepcional que volvió a dar una lección—, desempeñaban correctamente su función (entre ellos, Botía y Dídac Vilà): a De Gea y, en especial, a Domínguez los bielorrusos les pudieron en su único intento; Thiago estaba obsesionado por inventarse nuevas formas de dar un pase simple; Ander Herrera no hacía acto de presencia, etcétera.






