
Es amigo Nicolás de tomarse las cosas con calma, marque un gol en Estambul, juegue a la Play Station o falle un penalti en la tanda de la final de la Liga de Campeones con el Chelsea. La parsimonia en su semblante, como si la cosa no fuese con él, será siempre su carta de presentación. La procesión va por dentro. Ya hace tiempo pasó por el Bernabéu, donde sólo estuvo una temporada (99-00) marcada por la polémica y el bajo rendimiento, pero eso sí: le dio tiempo a entrar en el recuerdo del conjunto blanco al ser decisivo en aquellas semifinales de la Liga de Campeones del año 2000 jugadas ante el Bayern Múnich, el mismo rival al que vuelve a enfrentarse esta campaña en la misma ronda el conjunto de Chamartín.
Lo que nadie le quitará, salvo Ibrahimovic, todo sea dicho, es el hecho de ser el futbolista que más dinero ha movido en traspasos: 128 millones de euros se han pagado por sus servicios por los 133 del sueco. Fue estrella en Highbury, en el Arsenal de los franceses, el que ganaba títulos, lejos del Baby Arsenal del Emirates. Allí fue ídolo precoz durante dos años donde fue nombrado mejor jugador joven de la Premier y demostraba condiciones para ser uno de los grandes. Sin embargo, su actitud distante y alejada para con la afición y los rumores sobre su marcha le hicieron merecedor del sobrenombre Le Sulk, el malhumorado.



Me refiero a una oportunidad con un club grande, ya que aunque esta temporada estaba realizando un gran papel en el Bolton, no tenía las mismas aspiraciones que tendrá ahora en el Chelsea. Nicolás Anelka 


