La odisea de ver al Atleti en un bar de Sevilla

Dejo de escribir a las nueve menos veinte. Total, el bar está muy cerca y llego a tiempo para ver el Apoel-Atleti. Creo que nunca antes sentí menos ganas de ver a mi propio equipo, con lo que siempre luché para poder hacerlo; es lo que tiene estar lejos de aquello que amas. En fin, mi novia recién llega a casa, me despido con un beso y me voy. No cojo la chaqueta, pues no merece la pena para andar dos minutos y luego quitármela.
Cuando llego al bar, lo de siempre. En un lado, en la tele grande y con unos diez espectadores —incluido el camarero—, el Real Madrid. En el otro, esquinado en un pequeño televisor y conmigo como único cliente, el Atlético. Algo es más que nada, y se está agradable. He visto varios encuentros aquí, pero esta vez se tuerce el asunto. No transcurren ni tres minutos cuando la tele del Madrid comienza a fallar y las quejas generales me hacen temer lo peor. Para poner la tele digital en la grande hay que quitar el Atleti, y una simple excusa es suficiente para que me levante y me marche tocado —maldiciendo internamente a las mayorías—.

Este Atlético no merece más reflexiones. Para qué, si vuelve a ofrecer lo mismo de siempre. Cierto es que no malgastaré en exceso las palabras para narrar lo que todos hemos visto alguna vez. Hay que ahorrar para cuando éstas vengan escasas. Lo único certero del encuentro es que el Atleti empezó perdiendo en el 5 y empató en el 61. También es indiscutible que el Apoel marcó pronto y cedió el empate en la segunda mitad, pero poco más puede considerarse verdad en un partido tan básico y tan malo, por qué no decirlo. Si aquí ofreciéramos un análisis del conjunto rojiblanco, debería responder a su pobreza, a la simpleza que ofrece en cada gesto. Podríamos detenernos en cada jugador, pero no sería honesto, pues respondería a la tarea de buscar los defectos a quienes más lo merecen.
Si a los atléticos les hubiesen dicho, a finales de agosto, que cuando su equipo visitara Chipre para medirse a la cenicienta del grupo iba a estar ya eliminado, probablemente ni hubiesen visto el sorteo. Claro que el debilucho Apoel Nicosia estrenó esta edición sacando un empate sin goles en el Vicente Calderón (su único punto hasta el momento), en un partido que sirvió de preludio a la actual situación rojiblanca. No pedirán ahora que los hinchas colchoneros sufran por un encuentro que, como mucho, puede auparles a seguir un camino menor por el que filtrar nuevas esperanzas. Qué contradicciones. ¿Acaso sería la European League un premio? Económico, puede. Pero de ninguna otra naturaleza, pues estoy convencido de que este equipo necesita centrarse ya —a estas bajuras— únicamente en la Liga.







