
Dime de lo que presumes y te diré de lo que careces
Una de las frases que un jugador, técnico o directivo de un club de fútbol nunca debe decir es Nosotros no hablamos de los árbitros. Es imposible cumplir tal afirmación. Imposible. Tarde o temprano te encontrarás al final de un partido en el que lo único que ocupará tu cabeza es la actuación arbitral y acabarás rajando, más o menos educadamente, más o menos eufemísticamente, pero acabarás rajando.
Todos hemos escuchado en los últimos años a Guardiola, a algunos jugadores y a varios directivos del FC Barcelona hablar y, dependiendo del caso, presumir de su respeto a la labor arbitral. (Por lo que parece, esta supuesta contención forma parte de esos valores de los que siempre se vanaglorian Barça y Madrid, como si los demás equipos fueran unos bárbaros carentes de virtud.) Desde que Guardiola tomó las riendas de este Barça legendario ha tenido un balance positivo en el campo arbitral. Es impepinable que hasta ahora los errores arbitrales le habían favorecido más que perjudicado. Villaratos y demás confabulaciones aparte, el Barça se ha visto indiscutiblemente beneficiado en momentos puntuales, como aquella semifinal del Iniestazo de Stanford Bridge, partido en el que Howard Webb Ovrebo dejó de pitar varios penaltis a favor del Chelsea que pudieron haber dejado fuera de la final de Roma a los blaugranas.


Este pasado fin de semana, un árbitro de segunda regional cayó fulminado en el campo y murió mientras trataban de reanimarle con un masaje cardiaco. Fue otra muerte más en el fútbol, esta vez anónima, sin la trascendencia de los focos de las ligas profesionales… hasta que eso suceda en primera.

