
En la fecha en la que Estudiantes humilló, otra vez más, a Gimnasia en el encantador clásico de La Plata, en la fecha en la que Vélez reafirmó su poderío de campeón, en la que Boca zafó de una bestia negra moderna como Lanús… En esa fecha volvió el Burrito Ortega, el genial enganche diferente, el potrero que rompe las líneas con la pelota cosida al pie, valiéndose de la picaresca envuelta de calidad. Sí, volvió Ortega, otra vez más, cuando River más lo necesitaba. Después de perder ante Banfield en la primera jornada, los millonarios tenían que ganar por fuerza en casa a Chacarita, pero la realidad es que a media hora del final caían 2-3, pese al golazo de falta del Enano Buonanotte en la primera parte.
En el caos de Gorosito, que coloca a Ortega, Gallardo y al Enano en la línea de tres cuartos y a Ríos, muy mediocre para River, arriba, Ortega puso el sentido común, salvándole la cabeza a su entrenador. Después de su paso por Independiente de Rivadavia, tras pelearse con Simeone, el Burrito ha vuelto con ilusiones renovadas a casa. Las dudas en torno a congeniar a dos egos tan grandes como Gallardo y Ortega persisten, pero ambos jugadores tienen una chistera en el sombrero y cuando gozan de su día de gracia son capaces de cambiar la historia del más enrevesado de los partidos.




