Llegó a ser el delantero de moda. Un delantero total, un francotirador con su zurda, un experto lanzador de libredirectos, el ‘9’ de Brasil, el mejor sustituto de Ronaldo. Pero la moda de Adriano Leite fue, como tantas otras, pasajeras. No llegó para quedarse y donde se intentaba quedar, creaba problemas. Siguió los pasos de tantos otros jugadores de su nacionalidad a los que la parranda y la buena vida les comieron. Pese a la magnitud de su talento, se fue desinflando, su nube cargada de goles se fue evaporando y el sinvivir se adueñó de su persona, cedido de un lugar a otro, con la sombra del alcohol de por medio y la indisciplina cumpliendo su cometido.
Empezó su carrera en el Flamengo, donde su corpulencia y su olfato llamaron la atención del fútbol europeo. Fue fichado por el Inter de Milán, que decidió que lo mejor para el joven Adriano (21 años tenía entonces) era una cesión. Acertó de pleno, porque primero en la Fiorentina y luego en el Parma destapó el tarro de las esencias. De regreso a Milán con el cartel de promesa enterrado y el de realidad bajo el brazo, se hizo un hueco en el Top 5 de mejores delanteros del planeta. Sin embargo, el fin de su noviazgo le marcó para siempre en su andadura interina, y tras una tercera temporada llena de altibajos, regresó a Brasil para jugar en el Sao Paulo.




