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Atocha

Una reflexión sobre los estadios españoles

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Vicente Calderón

Decir que un Club es su estadio puede sonar demasiado sentencioso, aunque no por ello creo que sea menos cierto. Si entendemos a un equipo de fútbol como un punto de unión sentimental de miles, cientos de miles o millones de hinchas, identificados con unos colores y un escudo, con una forma de entender el deporte, con una vía de escape para obtener pequeños instantes de felicidad a cambio de eterna lealtad… Si entendemos, en definitiva, a un equipo de fútbol como un símbolo de pertenencia, es obvio, que los estadios de los clubes acaban moldeando la idiosincrasia de esos equipos y sus gentes, que no sólo se sienten representadas por el escudo, sino por el campo donde sufren y disfrutan, por el barrio donde preparan encuentros y celebran triunfos.

Hay equipos que no son nada sin sus barrios, conjuntos, como por ejemplo, San Lorenzo en Argentina, que, casi 30 años después de haber sido echado de Boedo, todavía siguen identificándose con su lugar de procedencia. En España tenemos el caso significativo del Espanyol, totalmente ligado a Sarría y ahora con una cierta sensación de desamparo, esperemos que aliviada con la mudanza a su nuevo estadio. Pero no es el único ejemplo. Es triste ver como en nuestro país se está extendiendo la mala costumbre de sacar los campos de las ciudades y llevarlos a las afueras. El Insular de Las Palmas, el Luis Sitjar de Mallorca, el Colombino de Huelva… Hay una clara tendencia de aislar el fútbol en las periferias y aprovechar los céntricos terrenos de esos vetustos estadios para conseguir recalificaciones millonarias. Y eso da pena.

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