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Capel

Adrián conduce a España a la final del Europeo sub-21 y a los Juegos Olímpicos de Londres 2012

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A las 19:33, el semblante de Luis Milla aparecía en televisión desencajado. En su banquillo, el entrenador turolense se ponía de pie y se sentaba, continuamente. A las 19:37 se quitó la sudadera, aunque no tardó ni veinte segundos en volver a ponérsela, dominado por sus nervios. No era para menos: a un minuto para el final, España perdía contra Bielorrusia y decía adiós a la final del Europeo sub-21. Suerte que apareció Adrián López. A las ocho menos cuarto de la tarde, Milla, como muchos españoles desde sus casas, estaba celebrando un gol que parecía imposible que llegara; con más responsabilidad que el resto, obvio, y con esa elegancia natural que parece intrínseca en los místeres de su quinta, la nueva generación de entrenadores españoles.

Hasta ese momento, o, lo que es lo mismo, durante todo el partido, España había jugado a parecerse a España. Pocos, exceptuando a Javi Martínez —un centrocampista excepcional que volvió a dar una lección—, desempeñaban correctamente su función (entre ellos, Botía y Dídac Vilà): a De Gea y, en especial, a Domínguez los bielorrusos les pudieron en su único intento; Thiago estaba obsesionado por inventarse nuevas formas de dar un pase simple; Ander Herrera no hacía acto de presencia, etcétera.

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La vida sigue igual

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España

Había ganas de ver cómo sería la vuelta a los ruedos de la actual campeona de Europa, aunque lo cierto es que el trágico accidente aéreo de Barajas rebajó los deseos de ver fútbol e incluso la Federación trató sin éxito de suspender el encuentro ante la negativa de su homóloga danesa. El choque se acabo disputando y España no ha decepcionado. Ya no está Luís Aragonés pero Vicente del Bosque ha sabido entender que sería absurdo tocar lo que funciona. La selección volvió a evidenciar que juega de memoria y que cuando agarra el cuero se divierte tocando y tocando, como si fuera una especie de reloj que emite un continuo tic-tac que tarde o temprano acaba desembocando en la hora final para el que está en frente.

La primera parte no fue demasiado buena. Dinamarca dio guerra y sólo Torres con espacios transmitió algo de peligro. Pero en el segundo tiempo cambió el guión de la película. La presión local disminuyó, lógicamente, y la entrada de Capel por Villa abrió más el campo por la siniestra. Xabi Alonso, que suplió en el intermedio a Silva, aportó más control a la medular. Con el balón controlado comenzó la exhibición del tuya mía, el avance lento pero inexorable hacia la meta enemiga. De ese modo llegó el primero. Pase interior de lujo de Xavi a Torres, sombrerito del delantero del Liverpool a un defensa y dejada atrás para que Xabi Alonso hunda el cuero en las redes danesas con un despiadado remate.

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Cuando quiere deleita y no tiene topes

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Sevilla

Es difícil, sumamente complicado, que un equipo dé dos versiones tan alejadas en un mismo partido. Los gritos de Manolo Jiménez en el descanso debieron romper los bohemios cristales de toda Praga, porque el cambio de actitud y juego del Sevilla en la segunda parte en el choque de ayer ante el Slavia fue sencillamente abrumador. El primer periodo nervionense fue, por decir algo, sombrío. Sólo Diego Capel, que volvió loco a su par desde que arrancó el choque, puso por su banda algo de luz a un encuentro opaco para los visitantes. De Londres llegaban noticias poco esperanzadoras. El Arsenal ganaba y al Sevilla sólo le valía la victoria si quería cerrar la fase de grupos como líder. Las esperanzas, sin duda, eran exiguas. Al equipo no se le veía, a Martí y Renato los separaban metros insalvables y si alguien merecía marcar desde luego no eran los andaluces.

Pero en el segundo acto todo cambió. Fue como una metamorfosis. El Sevilla era un gusano de seda y se convirtió en una alegre mariposa dispuesta a surcar los cielos de la gélida noche checa. Diego Capel tiene 20 años, pero ayer demostró que arrestos le sobran para tirar del carro cuando haga falta. El almeriense dio rienda suelta a todo el fútbol que lleva dentro y demostró que si está inspirado no tiene techo. La banda izquierda era una autentica autopista sin límites de velocidad, desde donde no cesaban de caer balones francos, que Kanouté y Koné no acertaban a rematar. Jesús Navas se animó y también se incorporó a la fiesta. Y cuando este equipo funciona por sus dos costados, resulta prácticamente imposible de contener.

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