
No era, desde luego, lo que esperaba Abramovich a estas alturas de la temporada: cuando se decidirán todos los títulos en juego, el Chelsea sólo tendrá como objetivo asegurar la plaza en Champions frente a las amenazas de Manchester City y Tottenham, escasísimo bagaje para un equipo diseñado para ser campeón de todo. Sin opciones en liga, eliminados de la FA Cup en dieciseisavos y cayendo ayer en cuartos de la Champions ante el Manchester United. El doblete local del año pasado auguraba buenos presagios al proyecto de Carlo Ancelotti, pero la obsesión del magnate ruso, la corona europea, no ha llegado aún y se ha perdido la hegemonía en Inglaterra. El Chelsea necesita un cambio.
La índole de tal cambio de rumbo es la cuestión a discernir. ¿Es el banquillo el problema? ¿La plantilla? ¿La dirección deportiva? ¿El propio Abramovich? Una cosa es segura, y es que el dueño del Chelsea seguirá al frente del proyecto y sus petrodólares continuarán procurando levantar la Orejona. El técnico italiano, doble campeón de Champions con el Milan, tiene entre manos una de las mejores plantillas de Europa, pero una plantilla envejecida, acomodada y falta de ambición e intensidad, y eso es culpa tanto del técnico como de la propia plantilla. La columna vertebral del equipo es la misma desde hace años y los fichajes que se han realizado en las últimas temporadas apenas han funcionado. Las fichas de los buques insignia son generosas, y titulares que lo son demasiado no contribuyen a la competitividad en el seno de un equipo.




