
Shunsuke Nakamura llegó como una estrella. Su fichaje despertó una ilusión desmesurada como quedó demostrado en su presentación en el estadio Cornellá-El Prat ante casi 8.000 espectadores. Buenas noticias para todas las partes. Sobre todo para una afición que recibía con los brazos abiertos a un jugador de sobra conocido por todos por su buen hacer en el Celtic de Glasgow, donde demostró durante cuatro temporadas su clase. Pero también para una directiva que se frotaba las manos ante el poderío mediático del nipón, asegurándose en el fichaje un porcentaje de sus ingresos publicitarios, un contrato televisivo con una cadena asiática e incluso la posibilidad de realizar una gira por Japón durante la primera semana de agosto. Espléndido para unas arcas necesitadas.
Sin embargo, las cosas no salieron como se esperaba. Los problemas de Nakamura para integrarse al equipo han sido evidentes, potenciados por la diferencia de culturas y la ausencia de su familia, que prefirió regresar a Japón. Nunca admitió que fuera necesaria la ayuda del club cuando este le tendió la mano. Ni siquiera aceptó un profesor de castellano. Todos sus compañeros señalan su profesionalidad y educación, sin embargo sí que indican lo reservado de su carácter, su falta de comunicación con el grupo. Quizás por ello nunca ha conseguido entrar con asiduidad en el once de Pochettino, y cuando lo ha hecho nunca se le ha visto cómodo sobre el terreno de juego, sino más bien perdido, deambulante.


En las últimas semanas ha surgido en torno a los próximos Juegos Olímpicos de Pekín, algunas voces que reclaman el boicot a este evento a causa de la ocupación del Tíbet por parte de China y de la falta de respeto por los derechos humanos en el gigante asiático. El boicot olímpico es una opción extrema que dudamos que en la edición de este año pase por algo más que el “boicot televisivo” que 

La verdad es que los equipos españoles no pueden quejarse de la suerte que les ha deparado esta mañana el
En una última década en la que Céltic y Rangers se han ido repartiendo campeonatos por igual, de poder a poder, parece que por fin el club de los católicos de Glasgow comienza a desnivelar la balanza. Esta tarde el conjunto de Gordon Strachan se impuso a domicilio ante el siempre correoso Kilmarnock, ganando tres puntos que le sirven para proclamarse campeón por segundo año consecutivo cuando todavía faltan cuatro jornadas para que finalice el campeonato. 

