
Pocas cosas cuestan más en esta vida que creer en ella cuando alguien querido se nos va. Los mazazos vienen cuando menos te lo esperas y la vuelta a la normalidad se vislumbra habitualmente como una utopía cuanto más le recuerdas. El pasado 6 de septiembre a eso de las nueve de la noche se detuvo el corazón de Jordi Pitarque, el ‘7’ del CF Reus Deportiu. Un hecho tan delicado de explicar como de conllevar para sus más allegados. Encuadrado en el Grupo V de la escasa mencionada Tercera División de nuestro fútbol, a los jugadores del Reus tal drama les afectó, naturalmente, pero sabían que a partir de ese momento, jugarían con doce sobre verde.
Nada más fallecer, la plantilla le quiso rendir tributo jugando el domingo siguiente, con la primera victoria de la temporada ante el Vilanova. Fue el comienzo de una senda con altibajos, en los que algunos pensaban que el objetivo, por quinto año consecutivo, de alcanzar los playoff de ascenso a Segunda B, estaría más cerca de ser un sueño que no una realidad. Pero no todos, comenzando por un entrenador, Santi Castillejo, y un cuerpo técnico, que se armaron de valor para levantar el ánimo de un vestuario. En la pizarra de éste sigue estando escrito el nombre de Pitarque, que tampoco ha faltado a ninguna convocatoria. Su taquilla sigue ahí, como ese recuerdo que no se quiere olvidar y como esa fuerza sobrenatural que te da alas cuando alguien ha podido cortarlas.




