En Madrid hubo anoche un centenar de aficionados que se acercaron a Cibeles para celebrar la eliminación del Barcelona en la Champions League. Muchos en la capital se frotan las manos ante el K.O. europeo de los culés, que de no haberse disputado la final en el Santiago Bernabéu hubiese tenido, seguramente, mucha menos relevancia entre el graderío blanco.
No obstante, que el Inter de Milán haya dejado en la cuneta al vigente campeón puede resultar, para la hinchada blanca, contraproducente. Porque si hasta la fecha los de Pep Guardiola dividían fuerzas entre la Liga y el torneo de clubes más importante a nivel continental, ahora el líder podrá —más bien deberá— centrarse en el campeonato doméstico porque no queda otra.
Por lo tanto, lo que pierde la Champions lo gana la Liga, que ahora más que nunca, será un duelo a cara de perro entre barcelonistas y merengues. Al Barcelona el único crédito que le queda en la cartera es, sí o sí, la Liga; algo que desde la eliminación ante el Olympique de Lyon —hace algo más de un mes— tiene entre ceja y ceja el cuadro que dirige Manuel Pellegrini, cuya continuidad depende (o creo pensar que depende) del devenir de sus hombres en las cuatro jornadas que quedan para finalizar el curso.








