El Arsenal, rival en cuartos del Barça

Ante un rival con cara y ojos. Ante uno de esos equipos que se caracterizan por su buen fútbol, por sus ganas de ganar y hacerlo gustando a su hinchada. Ante uno de esos conjuntos que no se arrugan, que desprenden descaro en cada uno de sus partidos, salga bien, regular o mal. Una escuadra joven, una fábrica de talentos liderada por uno de los nuestros que hace años que triunfa en Inglaterra: Cesc Fàbregas. Su Arsenal, del que él es capitán, será el encargado de intentar bajar del pedestal al Barcelona en los cuartos de final de la Champions League.
De esta manera el cuadro barcelonista evita al Manchester United, que se medirá al Bayern de Múnich en un clásico del fútbol europeo, y sólo se toparía con los de Sir Alex Ferguson en una hipotética final. Los culés, si superasen al Arsenal, se enfrentarían al ganador de la eliminatoria entre Inter de Milán y CSKA de Moscú. El otro duelo previo a las semifinales será entre los dos equipos franceses en liza, Girondins de Burdeos y Olympique de Lyon. El camino al Santiago Bernabéu de los blaugranas pasará, pues, por superar a los pupilos de Arsène Wenger.

El fútbol tiene estas cosas: cuando uno acierta, no caben elogios para ensalzarlo, para auparle en el pódium de los héroes, ese tan frágil de desmoronarse como lo que tarda en llegar una actuación desafortunada. Andrés Palop vivió anoche la segunda parte del cuento: la amarga, la triste, la también difícil de olvidar. Acostumbrados los sevillistas a sus manoplas casi insuperables, a sus intervenciones salvadoras, lo de ayer fue como recibir un jarro de agua fría en medio del polo norte. Con una atmósfera europea, con tanto en juego, con tantas y tantas almas esperando el triunfo de su equipo, un extraño en el disparo de un tal Honda 
Nervión volvió a quedarse frío, como el hielo ruso esta vez. Hace dos años, el Fenerbahce turco apeó al Sevilla de la Champions tras derrotarlo en los penaltis. Fue en octavos, igual que el duelo ante el
Los ánimos están caldeados. Lógico. Se esfumó otro sueño madridista: ganar la Décima en el Santiago Bernabéu —réstenle lo segundo si quieren—. Y su verdugo, ningún ministro despiadado, sino el Olympique de Lyon, ese rival que era maldito en tierras galas, pero que quedará ahora también registrado en los anales catastróficos del club. Un rival que no imponía miedo, ni siquiera respeto, pero que ha vuelto a demostrar al conjunto de Florentino Pérez —ya no me atrevo tanto a decir de Pellegrini— que Europa no es el cachondeo que fue antaño. Al menos, no la máxima competición. 


