
Atrás parecen quedar los tiempos donde el balón y el futbolista eran los protagonistas de la función. Hoy en día las cuentas mandan y todo es negociable si el precio es conveniente: camisetas, contratos publicitarios con las estrellas del balón e incluso el antaño sagrado nombre de un estadio son portadores del nombre de grandes multinacionales. Parecía que el escudo de un club era uno de los pocos reductos insalvables e incorruptibles donde el aficionado podía sentirse identificado sin pasar por el lucrativo filtro del marketing, pero eso ha cambiado. El carismático murciélago del Valencia será pronto el de Batman con el objetivo de promocionar la película que llegará a las salas el próximo verano.
Las dos películas anteriores del hombre murciélago destacaban tanto por su calidad como por su enorme marketing viral y campaña publicitaria, especialmente la segunda parte, El caballero oscuro. En la Warner son conscientes del éxito que en nuestro país tuvo el enfrentamiento entre Batman y el Joker y no han dudado en pagar una buena suma de dinero para que la tercera parte, El caballero oscuro: La leyenda renace, obtenga los mismos números si no superiores, y qué mejor terreno que el fútbol para promocionar una película entre nuestras fronteras.



Hoy tengo una recomendación cinematográfica que ofreceros. Hace unos meses 

Un tema paradigmático dentro de la relación entre el deporte rey y la guerra fría es el de los futbolistas exiliados. Aquellos que con mayor o menos dificultad escaparon de un país comunista para jugar en una liga de la Europa Occidental, atraídos por las libertades individuales y, sobre todo, por la posibilidad de prosperar económicamente.

