
Apenas ha pasado un año desde que el Inter de Milán alcanzara la gloria futbolística con la consecución de la Liga italiana, la Copa y la Champions League, pero desde entonces parece que haya pasado una eternidad. Desde que José Mourinho abandonó la Ciudad Deportiva de Appiano Gentile, los aficionados interistas han pasado de la ilusión a la tristeza. De la gloria al fracaso. Y sólo han pasado, exactamente tal día como hoy, dieciséis meses desde que los neroazzuros elevasen al cielo de Madrid su tercera Copa de Europa.
El sustituto del portugués fue Rafa Benítez. Un técnico con ADN de campeón, avalado por una trayectoria intachable primero en el Valencia y posteriormente en el Liverpool, donde logró, también, alcanzar el trono europeo. Pero en Italia, y a pesar de su caché, duró nada y menos. Massimo Moratti no reforzó el equipo como el técnico madrileño pidió, los resultados no acompañaron y la relación se fue enfriando hasta tal punto que el cruce de declaraciones mandó al limbo la relación entre el máximo dirigente y Benítez, que hizo las maletas mucho antes de lo previsto.
Luego llegaría Leonardo, que antes había dirigido al Milan. El panorama cambió. De alguna manera regresó la estabilidad. Al brasileño le trajeron de todo en el mercado de invierno, cosa que se le negó a su antecesor. Pero no valió para defender un título que finalmente se llevó el Milan de Ibrahimovic, Robinho, Cassano y compañía. Para muchos, un equipo de dinosaurios por la veteranía que atesora su plantilla y el menos malo de un campeonato en constante declive. Para otros, el resurgimiento de un grande que volvía a rugir.






