
Vive de fiesta Boedo, el Bajo Flores y todos aquellos cuervos que vuelan por Buenos Aires, por el resto de Argentina y por el mundo. Sólo una catástrofe puede impedir que los azulgrana salgan campeones del presente Clausura, cuando faltan dos jornadas para el final. Ha sido la jornada ideal para los santeros, aunque, fíjense que curioso, ningún hincha de San Lorenzo podía imaginar tal cosa cuando el sábado Argentinos Juniors le pintaba la cara a los de Ramón Díaz, empatando a quince del final la ventaja inicial conseguida por Tula.
La lectura tras ese choque era obvia. Estudiantes y, sobre todo Boca, se podían meter de lleno en el campeonato. Pero no. Para nada. Ni mucho menos. En ninguno de los casos. Boca visitaba a Colón, en el Estadio Brigadier General Estanislao López, también conocido como el Cementerio de los Elefantes, debido a que allí suelen caer los grandes. De hecho, incluso Pelé y Maradona fueron zarandeados por el fútbol sabalero. Y en el Cementerio, a Boca ya le tenían el féretro preparado.
Efectivamente, el Cementerio de Elefantes hizo honor a su apodo y Colón propinó un severo golpe a las ilusiones bosteras de alcanzar a San Lorenzo. De nuevo Russo tiró de rotaciones. Aunque empezó perdiendo, Boselli logró la igualada y en el segundo tiempo las estrellas salieron a escena, primero Riquelme, después Palacio y finalmente Palermo. Sólo valía ganar, había que sacar los tres puntos bajo cualquier precio… Y en esas, en el ocaso del choque, en el minuto 87, apareció Rubén Ramírez, que había salido poco antes, para hacer el segundo de Colón, asegurar prácticamente la permanencia y dejar al Xeneize con la boca partida.



