
Cuando comienza una Copa América es inevitable pensar que Argentina o Brasil tienen todas las posibilidades de levantar finalmente el trofeo. En la edición del ya pasado año se esperaba mucho de Neymar y de Messi, a quienes se veía capaces de llevar a canarinhos o albicelestes hasta el triunfo final. Se contaba con Chile, ya sin Bielsa pero con la huella del Loco, como la posible gran alternativa. Pero no se hablaba demasiado de la que había sido la mejor selección sudamericana en el pasado mundial al alcanzar el cuarto puesto ni de su estrella, un Forlán que había sido Balón de oro en Sudáfrica. Finalmente la Celeste supo aprovechar sus virtudes y minimizar sus defectos y así alzarse con una Copa América que no pasará a la historia por su buen fútbol.
Uruguay es honesta en su propuesta: que nadie espere ver un fútbol elaborado donde haya que sacar escuadra y cartabón. Arévalo Ríos y Diego Pérez fueron los encargados de morder al rival en el centro del campo. Álvaro González y Pereira, una de las revelaciones y que despertó el interés de Chelsea y Liverpool, se ganaron también un puesto en el once. Por delante de ellos Forlán, que en la selección deja de ser nueve para convertirse en diez: maneja, distribuye, manda y lidera. Deja de ser un goleador para convertirse en algo más. Luis Suárez fue el estilete, segundo máximo goleador del torneo con cuatro tantos, dos de ellos en semifinales y uno en la final, y nombrado mejor futbolista del torneo. Una lástima que hoy en día sea portada por otras cuestiones.




