
Quiero morir un domingo y con el Corinthians campeón
Sócrates Brasileiro Sampaio de Souza Vieira de Oliveira, nació en Belém, en 1954. Don Raimundo, su padre, amante de la filosofía, les puso nombres de pensadores a sus tres primeros hijos: Sócrates, Sófocles y Sóstenes. Cuando era un joven universitario, su padre le tenía prohibido jugar al fútbol porque no quería que se despistara de sus estudios de medicina. Sócrates, incapaz de resistirse a la llamada de la pelota, jugaba a escondidas. Así, una tarde que Don Raimundo fue a ver a Botafogo se encontró con una inesperada sorpresa: en el once inicial del Fogão estaba su propio hijo. Pero Sócrates no decepcionó a su padre y se doctoró en Medicina, de ahí su apodo: El Doctor. Y más aún: un tiempo después honró el cuarto mandamiento y se licenció en Filosofía.
En 1978 fichó por el club de sus amores, el Corinthians. Con sus 192 centímetros de altura apoyados en dos pies enanos, de la talla 37, su fútbol pausado e inteligente dio un salto de calidad que le convirtió en el jefe del Timão y le llevó a la Seleção. Y a medida que crecía como jugador, se fue agigantando su figura como referente social.

Han sido dos de los brasileños con más trascendencia que en los últimos años han pasado por nuestra Liga. Como ilustra la imagen, llegaron a ser eternos rivales, también compañeros en la selección brasileña y posteriormente compartieron vestuario en el Real Madrid galáctico. El tiempo y su aplastante lógica los separó. Primero fue Ronaldo, que se marchó por la puerta de atrás a principios de 2007, rumbo a Milán, previo regreso a su país, donde aún sigue. Luego fue el inconmensurable Roberto Carlos, que hizo las maletas meses después para enrolarse en las filas del Fenerbahçe turco, donde también prevalece, pero sólo hasta dentro de unas semanas. El reencuentro con el delantero será en São Paulo, casi tres años después…




