
Arranca por fin el Clausura, en una Argentina donde el fútbol local se ha revalorizado con le llegada de grandes futbolistas de Europa, sobre todo con Juan Román Riquelme y Andrés D’Alessandro. Mucho más nivel se percibe con respecto al Apertura, así como la coincidencia de que Boca parte con cierto favoritismo, por mucho que River se haya hecho con el Torneo de Verano y se adjudicara el último Superclásico, que no jugó Riquelme. Esas ocho letras, las de Riquelme, monopolizan un torneo que el crack ansía volver a ganar. Su magnetismo en Boca es desproporcionado, en cada entrenamiento, en cada escena en Casa Amarilla queda claro que Román es el gran jefe, el que realmente manda, cosa que no sorprende pues de hecho ya se encargó de que fuera Ischia y no Guillermo el que sustituyera a Russo.
Riquelme es el referente en este Clausura que River de la mano de Simeone y poco más, porque se fue Belluschi y lo que llegó, a excepción de Abreu, no es para tener muy en cuenta, intenta afrontar con una ilusión que cuesta mascar cuando sus hinchas ven que San Lorenzo le ha ganado hasta dos titánicos pulsos en este verano. Primero consiguió retener a Ramón y después contratar a D’Alessandro, merced a una complicada operación en la que Savino, presidente cuervo, tuvo que buscar diversas fuentes de financación. Que el Cabezón haya regresado a Argentina, pero no a Núñez, supone un serio palo moral para la gente millonaria y en cierto modo refleja la situación de uno de los dos más grandes del país que últimamente no ejerce como tal. De hecho, a modo de anécdota es curioso ver como mientras en Boedo se presentaba a D’Alessandro, en el Monumental le levantaban el pulgar a Omar Merlo, un zaguero muy normalito de Colón, cuyo pase le pertenece al colista de la segunda división Suiza. Cuanto menos, sintomático.

En 2002 era uno de los valores en alza del siempre prolífico fútbol argentino. Grandes clubes europeos suspiraban por hacerse con sus servicios, entre ellos Barcelona, Manchester United o Juventus. Con el conjunto blaugrana se llegó a decir que tenía firmado un precontrato por el cual jugaría en la Ciudad Condal a cambio de 10 millones de euros. Al final, la realidad dejó en evidencia la corte de rumores y Andrés D’Alessandro, el enésimo ‘nuevo Maradona’, hizo las maletas un año después para enrolarse en un conjunto (Wolfsburgo) y un campeonato (el alemán) que presumiblemente se le iban a quedar pequeños, y un continente que iba a disfrutar su regate favorito, la boba. Hoy, casi cinco años después, lo mejor de su paso por Europa se podría resumir en 

