El periodismo nunca debió perder su naturaleza esclarecedora entre el follaje de un quehacer rutinario y vicioso, pues su estancia aquí, entre empresas, ha quedado estigmatizada por la visión simplista del hombre. Estamos condenados a la cultura del sí o no, de la polarización del pensamiento. Muchos periodistas, con sus cerebros de esencia bipolar y sus teclas, creen endiosar la profesión con sus grandes dotes efectistas y su capacidad dramática sin percatarse de que lo que hacen, en realidad, es sumir al periodismo en la pobreza; empequeñecer cualquier debate, con o sin base, enviándolo a una muerte inevitable entre temperaturas extremas.
Oímos hablar de pluralidad informativa y nos quedamos locos. Ciertamente, es un disfraz que se ha comido la piel del periodismo, que más que un pregón ocasional es un teatro ya estrictamente formalizado. ¡Son los bienes adventicios de esta profesión! Para qué dos cámaras si ambas, aunque con distintas perspectivas, enfocan siempre lo mismo. El periodismo deportivo ni el fútbol español gozan de buena salud en este aspecto. Vivimos una situación estresante, somos testigos de una dinámica en que los dos grandes clubes españoles, el Real Madrid y el Barcelona, están sometidos a una permanente confrontación analítica, con más intensidad mediática que nunca.


Los ánimos están caldeados. Lógico. Se esfumó otro sueño madridista: ganar la Décima en el Santiago Bernabéu —réstenle lo segundo si quieren—. Y su verdugo, ningún ministro despiadado, sino el Olympique de Lyon, ese rival que era maldito en tierras galas, pero que quedará ahora también registrado en los anales catastróficos del club. Un rival que no imponía miedo, ni siquiera respeto, pero que ha vuelto a demostrar al conjunto de Florentino Pérez —ya no me atrevo tanto a decir de Pellegrini— que Europa no es el cachondeo que fue antaño. Al menos, no la máxima competición.
Cuando José María Del Nido habla, nada para quieto. A estas alturas, se considera polémico a todo aquel que irrumpe en la sede de la corrección política para levantar su voz por encima del resto, más directa y sincera. Esto no debe ser así. La polémica la encuentran quienes la buscan, pero también —y principalmente— quienes, para encontrarla, se distancian de la verdad. No es el caso del presidente del Sevilla, que más parece un padre que un dirigente para el club de Nervión, pues lo cuida y sale en su defensa sin pensar en nada más que en su escudo y en su lanza, en su atavío de guerra. Y ahora, con razón, posa su dedo sobre Madrid, y allá van dirigidas sus críticas.
Si esto fuese un estadio de fútbol, bien serían ustedes los aficionados. Y dadas las discusiones que muchos mantienen en el blog —la mayoría sin puerto ni destino, todo hay que decirlo—, puede afirmarse que acaban ustedes a hostias virtuales de forma prácticamente diaria. Pues sepan, si eso a lo que muchos llaman debate llega a irritarme profundamente porque se convierte a menudo en un zafarrancho, cuánto pudo molestarme lo ocurrido el jueves en San Mamés. No porque sea del Athletic ni nada parecido, sino por dos cuestiones básicas.
No hace tanto que la parroquia del Atlético gritaba a Reyes ¡vikingo!, tachándole de indigno. Cierto es que existían razones para el descontento de los aficionados colchoneros con el rendimiento del atacante utrerano. Además, su estancia en el Manzanares estaba condicionada por su reciente paso por el Real Madrid, al que regaló un Campeonato de Liga con sus goles. El producto: un crack de escasa reputación para los atléticos. No tardaron en aparecer los efectos de las heridas provocadas —en su presentación nada menos— y, convencidos de lo difícil de su recuperación, los hinchas encontraron argumentos para señalar al sevillano como traidor.
No toda la actualidad es real. Los medios, en su capacidad de inventar, son capaces de generar realidades paralelas a un acontecimiento esencial. Es el arte de la ficción periodística, de crear debate donde no procede, donde debería estar prohibido. Es lo que ocurre con las polémicas arbitrales y las supuestas ayudas al Barcelona. Ciertas o no, no van a dejar de existir, pues siguen ocupando portadas y generando contenidos, lo que solemos llamar “vender noticias o periódicos”. Y por vender que no quede.
En poco más de tres meses, Quique Sánchez Flores se ha visto varias veces obligado a pedir disculpas a la afición del Atlético de Madrid. Cualquiera diría que le contrataron para ello. Este domingo, tras la pésima imagen que sus jugadores ofrecieron

