
Nadie lo podría haber imaginado. Para el sevillismo lo de Eindhoven fue tocar el cielo. Con esa primera UEFA conseguida por goleada bastaba. Dijo el presidente José María del Nido la noche siguiente a la gesta en tierras holandesas en un Sánchez Pizjuán abarrotado, a pesar de que las agujas marcaban las tres de la madrugada, que ya se podía morir tranquilo. Era el sentir general de muchos sevillistas que aún no habían visto ganar a su equipo un título. Muchos sevillistas que soportaron estoicamente como en el verano anterior el Betis, su eternísimo enemigo, ganaba una Copa y le birlaba el pasaporte a la Champions in extremis. La venganza estaba servida y nadie, absolutamente nadie, esperaba ni quería nada más.
Pero desde el Club se fue ambicioso. “Lo mejor está por llegar”, se vendió desde la Entidad en la campaña de captación de abonados. Y fue cierto, porque se vapuleó al Barcelona en la final de la Supercopa, iniciando un comienzo de temporada espectacular. El Sevilla tocó en varias ocasiones a lo largo de esta campaña el cénit futbolístico, los pocos refuerzos que hizo, más que nada Poulsen, aportaron ese valor añadido que transforma un buen equipo en un equipazo, Kanouté se destapó como un goleador nato además de un exquisito futbolista, Daniel todavía creció más y el conjunto de Juande se convirtió en una máquina de matar que jugaba de memoria, que daba pinceladas de arte cada domingo que le tocaba comparecer en casa, que hacía soñar con otros éxitos a sus incrédulos aficionados.



