La concepción romántica del fútbol implica, por definición, el rechazo de las nuevas tecnologías, de su aplicación práctica. Es decir, no se concibe que una máquina ayude al hombre a decidir. Lo romántico cobra vida con la polémica, la duda, la discordia, y, por tanto, la injusticia permanece como un fenómeno natural. No quiero decir que la introducción de la tecnología sea la panacea de este deporte; no vendría —ni mucho menos— a curar todos sus males. Pero es un recurso que reduciría considerablemente el número de errores arbitrales.
Me viene a la mente el partido entre el Atlético de Madrid y el Valencia, en el que Pérez Burrull la lió, literalmente. Eso sí, después de cometer un error garrafal al no señalar al instante un penalti clamoroso de Marchena por ‘rebañar’ el balón con la mano, consultó con el cuarto árbitro y rectificó, previa presión local. Acertó al señalar penalti, y sin embargo le reprocharon que consultara con su ‘ayudante’ y cambiara de opinión sin pruebas del delito. Es más, acabó en la famosa nevera. Pues bien, si el colegiado hubiese podido consultar un monitor, ante la evidencia de los hechos, su enmienda no habría quedado en entredicho.



