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El Vicente Calderón volvió a convertirse ayer por unos minutos en un auténtica casa de locos. Y es que a punto estuvo el Atlético de arreglar en el último cuarto de hora el desastre que para entonces había formado, cuando perdía por cero a tres merced a sendas pájaras y al buen hacer colectivo del Madrid. Agüero, que saltó del banco en el descanso, armó una revolución que despertó el espíritu de su equipo, y el de la grada, y anduvo muy cerca de conseguir el empate. Hubiese sido injusto, pues el Madrid hizo sobrados méritos para quedarse con el triunfo, pese a que las arremetidas locales le pusieron contra las cuerdas. Pero ya se sabe, entre el balón y las cuerdas está Casillas, que logró salvar este discurso en el último instante.
Es imprevisible este Atlético, pero, siempre respetuoso con la tradición, permitió que el Madrid se adelantase a los cinco minutos. El peligro se huele con dos brasileños rondando el área, uno propio y otro ajeno. El primero, Cléber, quiere sacar el balón controlado desde atrás aun rodeado de rivales, y lo pierde; el segundo, Kaká, se lo encuentra y clava un derechazo impresionante. Cierto es que pudo haber falta, pero Cléber no respetó una norma básica y su equipo se encontró un castigo excesivo a las primeras de cambio. Al menos, habrá aprendido Quique para próximos derbis que no hay que plantear el partido como un duelo normal, sino que la estrategia debe centrarse en cómo responder al primer gol madridista. El Atlético reaccionó bien, pero ayer la defensa visitante cuajó un magnífico partido, exceptuando los minutos de la locura, capaces de superar a cualquiera.
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