Cuando el seguidor deja de seguir, diga usted que muy mal anda la cosa. Es más, diga que peor va cuando el seguidor olvida cuánto le costó la entrada o el abono, y, sin más crisis que la de la fe, toma hacia abajo las mismas escaleras que apenas una hora antes subió un tanto ilusionado. Pero claro, no crean que siempre lleva razón aquél que sube para bajar antes de tiempo, que la paciencia en el fútbol dura unos tres silbidos y medio. A veces, la idea es no pillar atasco, y justo hay quien se apresura a bajar, aunque para entonces se haga, como la luz, la victoria. Mas no hablamos de esos casos.
No sé bien si compadecerme de quienes intento describirles o si criticar su actitud. El mal del fútbol de a pie es la impaciencia: la del grito grosero y temprano, la del insulto de siempre, la del silbido cansino, la de las manos frías y la boca caliente… La protesta es un derecho del socio, el seguidor y la persona libre. Pero, a menudo, también es el defecto de quien no se analiza a sí mismo. Aquel que busca en el campo liberarse de una mala vida acaba gritando a los cuatro vientos lo que calla contra su mujer, su suegra o su vecino. O bajando las escaleras antes de tiempo, en busca del bar de turno; del pijama y la comida, vamos.
Cómo criticar al ‘pobre’ trabajador que da dinero por ver fútbol: pues criticándolo, oiga. Que una cosa es que este deporte esté sobredimensionado, y otra es que el seguidor quede libre de reproches. Hay casos más que justificados, en los que una queja de viva voz a veces se tercia poco para lo que debiera ser. Pero la impaciencia acaba en desesperación mucho antes de que la esperanza pueda enviarle alguna señal al ánimo, y entonces el futuro se antoja negro.



